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El arbol

Posted by codependencia en agosto 24, 2005

En un pasado reciente, el árbol fué talado. No de raíz; sólo cortado, no arrancado. Eso sí, aquel leñador había sido realmente brutal, se podría pensar que intentaba exterminarlo del todo. Pero falló, la raíz siguió con vida, maltrecha y adolorida, pero con su escencia de árbol integra, latente en su interior. Enterrada en las entrañas de este mundo, esa raíz luchaba. Luchaba por volver a brotar.

Al perder todo, prácticamente parecía que no habia árbol alguno en ese sitio. Algún día había sido grande, bello, lleno de follaje, con ramas fuertes que se alzaban al cielo, con miles de hojas de todos los verdes y flores de color brillante y perfume delicioso. Incluso el arbol albergaba en otros tiempos algunos animales silvestres, ardillas, aves, gusanitos. Y en sus mejores momentos las flores de aquel arbol habían conseguido dar manzanas dulces y jugosas. Aquellas manzanas estaban ahí para quien quisiera hacer un pequeño esfuerzo y estirara un poco los brazos para alcanzarlas. A veces también caían, para estar más cerca de aquellos con quienes el árbol disfrutaba compartiendo. El tamaño y disposición de sus ramas habían dado cobijo del sol y de la lluvia a aquellos que se acercaban a pasar un momento de su vida cerca de él. Era simplemente un árbol tan sencillo y magnífico como lo pueda ser cualquiera. En sus genes de árbol venía la clave, el código, el mensaje sencillo: “sé árbol”. Y hasta antes de aquella hacha, eso era simplemente lo que se había dedicado a hacer: “ser árbol”.

El tocón, el muñón trunco de ese manzano no entendía exactamente que le había pasado. Ya no podía sentir las patitas de los pájaros caminando por sus ramas, ni el sol tocando delicadamente su corteza, sus hojas no se mecían más con el impetu del viento y trataba pero el impedimento era físico, simplemente no estaban ahí, se habían ido. No había nada, o casi nada. Buscaba sus ramas para mecerlas y no comprendía por que ahora le era imposible. Eso si, seguía bebiendo agua del suelo y atrapando los minerales que encontraba con sus raices. Bebiendo, viviendo, sobreviviendo.

Caminando por el huerto, apareció un jardinero, que supo en cuanto vió ese pedacito de madera asomado entre la hierba, que ese era el árbol que quería para él. Comprendía que no podría estirar aquel pedazo de tronco para formar ramas y hojas. Entendía que eso no dependía de él. Eso era trabajo del árbol. Pero tampoco se quedaría de brazos cruzados esperando. Acercó al maltrecho árbolito todos los implementos de trabajo que encontró a su mano. Esparció abono cuidadosamente, mezclándolo con la tierra de hoja que trajo sobre su espalda en un enorme costal, regó la raíz día con día, sin fallar uno solo. Entregado, disfrutando su labor, soñando con ilusión aquel día en el árbol volviera a florecer y saboreando amorosamente en su mente el fruto de aquel trabajo.

El árbol en forma de raices, amaba a aquel jardinero. Tan dedicado, tan amoroso, tan entregado. Que había sido capaz de ver un árbol donde los demás vieran un tronco cortado. Sus manos eran tan dulces, sus cuidados tan precisos, su dedicación completa. Los brotes se abrian paso trabajosamente entre la madera fibrosa, torcida, herida. Con cada hojita nueva el árbol sentía como la sabia encontraba más espacio por donde circular. Volver a nacer, volver a crecer, volver a soñar con ser aquel follaje lleno de vida hacía que el árbol realmente se esforzara por dar un nuevo brote día con día. Las ramas eran tiernas, de un verde brillante y de textura un tanto frágil. Aún cuando el proceso seguía los dictados naturales de “ser arbol” y con todos los cuidados del jardinero, al árbol en ocasiones se le acababan las fuerzas. Era más sencillo cuando su tronco era grueso y resistente. Ahora parecía un trabajo más pesado. Necesitaba emplear adecuadamente sus elementos para hacer que este esfuerzo valiera la pena. No iba a ser simplemente un árbol. Se esmeraba para ser “EL árbol”.

A unos meses de comenzada su labor el jardinero, que en verdad soñaba con pasar sus días bajo la sombra y entre las ramas de aquel manzano, comenzó a desesperar. El sabía que esa matita era un manzano. Y a cada oportunidad buscaba entre los nuevos brotes una flor por pequeña que fuera o una manzana aunque fuera de bonsai. Nada, el tronco solo daba ramitas y hojitas. Nada. Y aquel hombre comenzó a dudar. Haciendo el recuento de todos sus esfuerzos se preguntaba por que el árbol no había sido capaz de darle una manzana aunque fuera minúscula o medio insípida o tal vez un tanto deforme.

Inquieto por no poder aún saborear una manzana, él nunca le reclamó. Sí, por que el hombre hablaba mucho con su árbol. Y al árbol le encantaba. La brisa de su aliento y la fuerza de sus palabras lo motivaban a seguir creciendo. El árbol hubiera querido gritar a los cuatro vientos: “No tengo manzanas, no PUEDO dar manzanas. Todavia no. Pero mira, mira, mira!!! todas y cada una de estas hojas, estas minúsculas hojas me han costado mucho trabajo y las quiero compartir contigo”.

El jardinero no sabía que un árbol joven que recién brota tiene un tiempo de crecimiento, pero aquel que surge de entre las fibras endurecidas de la madera, tarda un poco más pero se esmera todavía más. Sabe que pudo ser y quiere creer que puede volver a serlo. Y busca además que sus ramas sean más fuertes, sus flores más aromáticas, sus hojas más brillantes, su sombra más fresca y sus manzanas las más bellas y jugosas.

No por nada pero por eso es que dentro de cada manzana el árbol pone su corazón.

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